Uno envejece, no porque el tiempo transcurra, sino porque los recuerdos florecen, uno a uno germinan en los gélidos inviernos para rescatar del olvido el cálido aroma de la flor que despertó nuestras primaveras, aquellas que alteraban la esencia de nuestro párvulo existir entre sequedades del silencio y ecos ansiosos de esperanzas que no palian la sed de la efímera garganta.
Uno envejece, no porque se curta la piel, sino porque en ella aparecen las manchas, una a una ennegrecen los días de aquellas frescas alboradas en que el tibio sol se reflejaba en él roció de la flor como principal sustento de luz tras la noche cerrada haciendo que esta recuperase día tras día toda la prestancia y el color que aromatizaban la extensa jornada.
Uno envejece, no porque despierte el día, sino porque los sueños se duermen, uno a uno se detienen entre oscuros roquedales apartados del camino donde el cansino peregrino por mucho que siga las huellas, estas seguirán polvorientas y tenebrosas sin la muy necesaria y precisa luz que dan las quimeras, las cuales nos guían hacia un desconocido horizonte que nos hace sentir vivos.
Uno envejece, no porque viva, sino porque muere...